El crecimiento espiritual exige e implica necesariamente el esfuerzo ascético, la cruz. Porque no hay vida espiritual sin ascesis, no hay seguimiento ni radicalidad evangélica sin la cruz: El que quiera venir en pos de Mi, tome su cruz y sígueme” (Mc. 8,34)

La vivencia de la consagración religiosa exige el ejercicio de la ascética. Su ausencia constituye muchas veces,  la dificultad más grande para nuestro adelanto espiritual. En la vida religiosa la mortificación se concreta y está en armonía con la índole propia del carisma. Está, pues, íntimamente ligada al dinamismo de la acción apostólica, a la entrega total a Dios y al prójimo, a la disponibilidad plena del trabajo por el reino.

Nuestra vida de sacrificio se cifra especialmente en lo que conlleva la jornada diaria, con su actividad incansable y entrega generosa. No se trata de la penitencia en sí misma, sino de aceptar los sacrificios inherentes a la misma acción pastoral. Tenemos que renunciarnos para estar totalmente disponibles para el Reino y para la salvación de los hermanos.

(Tomado del manual de espiritualidad pág. 159)